sábado, 3 de octubre de 2009

Un parcial regreso

Los aeropuertos son, creo haber leído alguna vez, unos de los sitios más tristes que existen. Para mi nunca han sido realmente tristes. Aún con las lágrimas que derramé hace cinco años viendo a mi mamá perderse en la oscuridad del departamente de inmigración, aún cuando tuve que usar unas gafas oscuras el día que me devolví de Miami sintiendome un hijo de puta por no haber aceptado quedarme con mi mamá.

Los aeropuertos, quizá por ese gusto aficionado a los aviones, siempre me han traido buenos recuerdos. Todavía recuerdo como si fuera ayer aquel primer viaje en avión. Rumbo a San Andrés, a conocer el mar y con tan solo seis añitos de edad, mi madre pidió a la azafata que me permitiera mirar la cabina. Tantos botones, tantos radares, nunca los olvidaría. Cada que monto en avión disfruto cada segundo del viaje. Incluso en aquel viaje de regreso a Colombia, por entre las lágrimas alcanzaba a mirar el atardecer más maravilloso de mi vida, la insignificancia del ser humano y la maravilla que expone mi ciudad para quien la vea desde las alturas.

El domingo me tocó ir al aeropuerto. La semana pasada me había resultado difícil, pero la superé sin mayores traumas. Después de las crisis emocionales de los últimos meses no estaba dispuesto a dejarme llevar por más motivos, justo ahora que emocionalmente estoy estable. De la situación de mi mamá salió una solución complicada pero realizable. Un poco de esfuerzo terminó por traer mi mamá de vuelta a mi país.

En la noche del domingo, mientras salía del avión, vi a mi mamá en perfecto estado. Es una mujer fuerte, las dificultades parecen fortalecerla más, y aún cuando le pasan cosas impensables, nunca se atreve a perder el sentido del humor y de la esperanza. Quizás yo debería aprender un poco de eso, quizás debería ser menos cobarde.

Por lo pronto tengo a mi mamá de vacaciones. Esa que, desde que se fue hace cinco años hasta hoy, no ha cambiado nada. Unos pocos kilos de más que seguro perderá alimentandose saludablemente acá en Colombia y un par de arrugas que básicamente no se le notan, pero en lo esencial, mi mamá es y será siempre la misma.

A lo mejor el único que ha cambiado soy yo, que cinco años después ya no soy un niño, pero tampoco soy tan feliz como era en aquella época. Hace cinco años, cuando mi mamá se fue, yo recién estaría comenzando con mi debate sexual, hace cinco años yo no hayaba la necesidad de sentirme acompañado, aunque extrañara tanto a mi mejor amigo. Sería lindo regresar algunos años atrás y recuperar ese aliento, esa tranquilidad y esa felicidad, que -un poco por la sociedad y un poco por mi mismo- parece haber quedado en el olvido.


Pd: A pesar de lo que pueda creer, en realidad estoy muy feliz con mi mamá y mi hermanita, y espero que se puedan quedar viviendo acá.